Parece una utopía
observar esa bella pirotecnia conocida pretéritamente como “espacio exterior”
desde la vista maravillosa del Observatorio Nacional. Sabía que la
magnificencia de todo lo existente pronto acabaría, o por lo menos para
nosotros. Desde que la alarma roja de los gobiernos más importantes fue
activada debido a un suceso apocalíptico que supondría nuestro final, todo ha
sido caos. Cada familia se ha aislado en sus respectivas “madrigueras” y han
renunciado a cualquier contacto con el exterior. El ser humano es extraño,
prefiere amargar sus últimos días de vida antes que cumplir los sueños que aún
puede alcanzar, y mis padres me consideran un cadáver desde que tomé la
elección de vivir mis últimos instantes en felicidad y paz, viajando por todo
el país, tal y como siempre había soñado. Les hice entender que si la muerte del sol llegara
a efectuarse, independientemente de mi escondite, me carbonizaría como una bola
de papel en la fogata, al igual que el resto de la vida terrestre. No quería
morir antes de tiempo, y una muerte es la pérdida de cualquier esperanza. Nadie
se las sabe todas, y probablemente un acontecimiento lograría protegernos del
final predecible que ha especulado la humanidad desde épocas arcaicas, cuando
la Biblia planteó un apocalipsis hipotético y simbólico, o cuando los mayas
establecieron el final de un ciclo, confundidos con la fecha de término. Todas
estas profecías, que en algún punto debieron parecer descabelladas para los
hombres de tiempos anteriores, probablemente terminarán por cumplirse en una
fusión de las pesadillas más mórbidas y siniestras del humano (perder a los
seres queridos y toda posesión material, ser quemado vivo, morir, ver a la
naturaleza derretirse sin retorno, ver milenios de evolución de la especie
incinerados junto con toda la existencia terrestre…) Pero, al fin y al cabo,
tarde o temprano todo iba a terminar para mí. Y este acontecimiento solamente adelanta
una fecha importante que todos tenemos que rendir desde el nacimiento: la muerte.
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| Derechos: Documental: "La muerte del sol" |
Es lamentable que
le demos un sentido a la vida desde que nos percatamos de su efímera duración,
y esto lo afirmo desde mi experiencia. Toda mi vida ha sido un desperdicio, y
hasta ahora comencé a disfrutar del tesoro más valioso de la existencia: el
tiempo. Durante los últimos meses he conocido a grandes personas, entre esas un
joven universitario que estudiaba astronomía en una universidad estadounidense,
y comenzó a vivir en Colombia ya que anhelaba estar con sus padres en el “apocalipsis
universal”, aunque desistió del sedentarismo y se atrevió a hablarme en medio
de un centro comercial desolado. Nadie se tomaba la molestia de cerrar los
establecimientos, puesto que toda su respectiva mercancía terminó siendo robada
en su totalidad durante los primeros segundos de “caos”. Cada individuo decidió
encerrarse como un parásito desde un principio, muertos en vida. Pero el joven
enigmático que me dirigió un cálido saludo entre la soledad parecía ser
diferente a los demás. Me inquietaba su alegría y regocijo en medio de la
dificultad, por lo que no titubeé al preguntar el motivo de su sonrisa, y
contestó con un: “Amigo mío, la gente ignora que hay esperanza científica.
Todos parecen retrógradas, el morbo que les causa el fin del mundo nubla la
variedad de alternativas factibles que nos salvarían de la catástrofe…”.
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| Derechos: Borrokagaraia.wordpress.com |
El
muchacho parecía ser un charlatán, pero era un charlatán temerario, y en pocos
segundos se convirtió en mi compañero de viaje. Sabía que él necesitaba una
compañía real, que no se haya resignado a la muerte, que aún desee vivir. Él lo
necesitaba, al igual que yo. Así que me confió toda su vida con unas contadas
semanas de amistad, y expresó su alegría al enunciar una expedición que haría
de manera independiente. Sus planes consistían en lanzar un proyectil (que
financiaría su universidad) con núcleos de protones de hidrógeno en su interior,
a una temperatura alta para que su actividad química no se descompense, y de
este modo cuando entre en contacto con el sol, podría incorporarse en el
corazón de la estrella para hacer la ionización de gases, de manera que el sol
siga produciendo combustible vital durante al menos un millón de años más,
tiempo suficiente para perfeccionar nuestras naves espaciales y desplazar a
toda la especie humana a un planeta habitable que orbite a una enana amarilla
de edad joven. El joven no tenía ideas tan oníricas, puesto que he estudiado
mucho del tema y todo tiene sentido. El humano se resignó demasiado pronto,
cuando aún podía luchar. Y gracias a mi ánimo frenético me atreví a revelarle
mis deseos de ayudarlo en esta labor. Después de todo, el cohete estaba casi
terminado, y sólo debíamos guardarlo hasta que la temperatura llegara a su clímax.
Me ofrecí a guardarlo en mis propiedades fuera de la ciudad, pero mi compañero
afirmó que sería más conveniente retenerlo en la universidad. Ahora pienso en
el error que él cometió, y quisiera regresar en el tiempo para detener sus
impulsos irracionales. La vida de mi amigo se terminó cuando los compuestos
internos del cohete hicieron combustión junto con otras sustancias liberadas
desapercibidamente del laboratorio de ciencias. Los investigadores de la
universidad fenecieron junto con mi amigo, junto con la posibilidad más certera
de rejuvenecer al sol.
Probablemente lo
racionable sería dar por sentado que todo terminó, y que el último suspiro de
esperanza falleció junto con el corazón cándido de mi buen amigo, pero
cualquier cosa podría pasar. Y el ser humano es un ignorante de su destino y de
su suerte. ¡Vivamos en el presente, amigos míos, que del mañana poco se sabe, y
poco se podría hacer!
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